Un lúgubre acento
La musa le presta a la lira un lúgubre acento,
en mi pecho temblorosa una llama, en mis ojos,
crepitando dos sarmientos negros.
¿No escucháis hoy, amigos, en el salón diáfano
-sin risas, sin ecos- el crujido lánguido y seco
de mis pensamientos?
Si turba mi paz un lamento, si rasga mi sonrisa
un temblor, si mi corazón al compás no late,
si mi tumba ya se excavó…
Si el sol de la mañana cual gota de rocío sorbe
mi dolor, remendaré la negra mortaja
con una blanca flor.